Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo Transitar momentos de oscuridad y dolor es difícil. Pero hacerlo en soledad puede tornarse insoportable. Sabernos amados hace la diferencia. Y si quien nos ama es el Amor mismo, vamos percibiendo su consuelo. Francisco denomina al testimonio de Santa Teresita como “un fuego en medio de la noche”, y aun en medio de las dificultades y pruebas «la oscuridad no puede extinguir la luz: ella ha sido conquistada por Aquel que ha venido al mundo como luz (cf. Jn 12,46). El relato de Teresita manifiesta el carácter heroico de su fe, su victoria en el combate espiritual, frente a las tentaciones más fuertes» (26). Te comparto hoy algunos pasajes de la segunda parte de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco “Es el Amor”. Su tercer capítulo lo titula “Seré el amor”. «“La Historia de un alma” es un testimonio de caridad, donde Teresita nos ofrece un comentario sobre el mandamiento nuevo de Jesús: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado (Jn 15,12)» (31) Ella «tiene la viva certeza de que Jesús la amó y conoció personalmente en su Pasión: Me amó y se entregó por mí (Ga 2,20)» (33). La confianza surge y se sostiene en la experiencia de ser amados hasta el fin, sin medida.

Siempre me ha conmovido el relato de la vocación de Santa Teresita buscando su lugar en la Iglesia. Nos comparte la Santa: «…Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre…» (39). Comenta Francisco que «No es el corazón de una Iglesia triunfalista, es el corazón de una Iglesia amante humilde y misericordiosa» (40). Señalando asimismo que «Tal descubrimiento del corazón de la Iglesia es también una gran luz para nosotros hoy, para no escandalizarnos por los límites y debilidades de la institución eclesiástica, marcada por oscuridades y pecados, y entrar en su corazón ardiente de amor, que se encendió en Pentecostés gracias al don del Espíritu Santo» (41).

Explica el Papa Francisco que este llamado de Dios a «poner fuego en el corazón de la Iglesia más que a soñar con su propia felicidad» (42) le permitió a santa Teresita «pasar de un fervoroso deseo del cielo a un constante y ardiente deseo del bien de todos, culminando en el sueño de continuar en el cielo su misión de amar a Jesús y hacerlo amar» (43). El Papa Francisco nos deja una gran enseñanza espiritual que se hace carne en los corazones sencillos y humildes. «C’est la confiance. Es la confianza la que nos lleva al Amor y así nos libera del temor, es la confianza la que nos ayuda a quitar la mirada de nosotros mismos, es la confianza la que nos permite poner en las manos de Dios lo que sólo Él puede hacer. Esto nos deja un inmenso caudal de amor y de energías disponibles para buscar el bien de los hermanos. Y así, en medio del sufrimiento de sus últimos días, Teresita podía decir: «Sólo cuento ya con el amor» (45).

En el cuarto capítulo, titulado “en el corazón del Evangelio”, el Santo Padre destaca que el aporte de Teresita «consiste en llevarnos al centro, a lo que es esencial, a lo que es indispensable. Ella, con sus palabras y con su propio proceso personal, muestra que, si bien todas las enseñanzas y normas de la Iglesia tienen su importancia, su valor, su luz, algunas son más urgentes y más estructurantes para la vida cristiana» (49).

El Papa destaca la actualidad de su «pequeña grandeza: …En un tiempo de repliegues y de cerrazones, Teresita nos invita a la salida misionera, cautivados por la atracción de Jesucristo y del Evangelio» (52). Nos libera del miedo al fracaso y la búsqueda desubicada de éxito. El Evangelio no fracasa. Puede ser acogido o tratado con indiferencia. Pero el amor vence, es más, ya venció. “Un siglo y medio después de su nacimiento, Teresita está más viva que nunca en medio de la Iglesia peregrina, en el corazón del Pueblo de Dios” (53). Te vuelvo a invitar a leer el texto completo. En esta semana nos hemos anoticiado con gran alegría que Mama Antula ha sido reconocida como Santa, y que la ceremonia de su canonización se realizará durante los primeros meses del 2024. La fundadora de la Casa de Ejercicios Espirituales de Buenos Aires nació en 1730 en Silipica, Santiago del Estero, y murió el 7 de marzo de 1799 en Buenos Aires. Será la primera santa argentina. Fue pionera en destacar la dignidad femenina y su lugar en la evangelización en tiempos en que sólo se las consideraba para ser madres o monjas. Hablaba muy bien español y quechua, y misionaba en las comunidades originarias junto con los sacerdotes Jesuitas, antes de su expulsión. Fueron los quechuas quienes la bautizaron “Mama Antula”, diminutivo de Madre Antonia.

Fue una mujer audaz y emprendedora, y recorrió a pie casi 5000 kilómetros promoviendo —por las Provincias del Norte y luego en el Río de la Plata— los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. A su vez, ayer a la tarde se conocieron las Propuestas del Sínodo sobre la Sinodalidad, que trabajaremos en los próximos meses.  Como nos recordó el Papa al inicio de este proceso: “Si no se cultiva una praxis eclesial que exprese la sinodalidad […] promoviendo la implicación real de todos y cada uno, la comunión y la misión corren el peligro de quedarse como términos un poco abstractos” (9 de octubre de 2021).