“Chicas perdidas”, la cruda realidad de la desaparición de prostitutas

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Chicas perdidas”, película estrenada por la plataforma Netflix el pasado 13 de marzo, tuvo antes su presentación oficial en el prestigioso festival de Sundance, luego de generar muchas expectativas. En primer lugar, porque se trataba de una cinta basada en un caso policial que tuvo una enorme cobertura periodística: el del llamado “asesino de Long Island” (LISK, “Long Island Serial Killer”, como lo apodaron los medios) y por otro, porque estaba dirigida por Liz Garbus, destacada cineasta que estuvo nominada al Oscar por “What happened to Miss Simone? (disponible también en Netflix Argentina). El libro en el cual se basaba, “Lost Girls” (2013), del ex periodista de la revista New York, Robert Kolker, respaldaba la veracidad del filme con su investigación.

Garbus ha sobresalido sobre todo como documentalista, pero en “Chicas perdidas” prescinde un poco del género en el cual se mueve con mayor comodidad, aunque la historia se ciñe mucho a la verdad al documentar la cronología de la investigación de los asesinatos que se le atribuyeron a LISK (entre 16 y 20, la mayoría mujeres que ejercían la prostitución).

El filme cuenta la odisea personal de Mari Gilbert (con la poderosa actuación de Amy Ryan), madre de tres hijas, que tiene dos trabajos para sobrevivir. Su hija mayor, Shannan, no vive con ellas y es quien asiste financieramente a la familia con su trabajo en la prostitución, algo que a su madre no le quita el sueño, porque necesita de toda la ayuda posible para pagar las cuentas.

Pero cuando Shannan desaparece (en mayo de 2010), la vida de esta mujer dará un giro completo, porque se encontrará con una Policía y una Justicia que no se preocupan demasiado por lo que le sucedió a su hija, porque las prostitutas parecieran tener menos derechos que cualquier otra persona, como si de ciudadanos de segunda se tratase. El caso se complica aún más porque al buscar a Shannan terminan encontrando cuatro cadáveres –todas mujeres que ejercían la prostitución- en una zona muy pequeña de Long Island.

Uno de los aciertos de la directora es demostrar las desigualdades del sistema, lo cual obliga a Mari Gilbert a convertirse en la vocera de los familiares de las otras víctimas, mientras de manera paralela lleva a cabo su propia investigación, ante la desidia de las propias autoridades.

También Garbus demuestra lo que este tipo de hechos policiales (desde la desaparición al asesinato) hacen a un grupo extendido de personas, pero con mayor impacto en los familiares directos. La realizadora se detiene a mostrar los terribles efectos que la ausencia de Shannan provoca en su madre y hermanas, una de ellas, Sherre, interpretada de forma impecable por Thomasin McKenzie, quien fuera la niña judía en “Jojo Rabbit”.

Completa el elenco Gabriel Byrne, como el investigador principal de la causa, Richard Dormer, que se debate ente la empatía con la madre de Shannan y la imposibilidad de darle el consuelo de la justicia.

Una propuesta interesante no tanto por el manejo del suspenso o del caso policial en si mismo, sino por la radiografía de una sociedad que no se preocupa por los más necesitados ni por sus familia.

El caso real (contiene spoilers)

Shannan no fue la primera víctima de un asesino cuya identidad, hasta el día de hoy, sigue siendo un misterio.

Al parecer la primera fue Maureen Brainard-Barnes, de 25 años, de quien se perdió todo rastro en julio de 2007. El 12 de julio de 2009 se denunció la desaparición de Melissa Barthelemy y ambos casos quedaron vinculados porque un hombre llamó a una amiga y a la hermana de ellas, respectivamente, para dar datos sobre las jóvenes.

Las dos trabajaban como acompañantes y sus familiares no encontraban demasiada disposición en las autoridades para encontrarlas. Recién en diciembre de 2010, cuando estaban tratando de localizar a Shannan, encontraron sus cuerpos en Gilgo Beach, Long Island, separados por apenas unos 150 metros uno de otro. También localizaron los restos de dos desaparecidas más: Amber Costello y Megan Waterman. No sólo la cercanía de los cadáveres hacía suponer que estaban ante un asesino en serie, sino que no podían pasar por alto que todas las víctimas eran jóvenes prostitutas. Otra característica que compartían era que ofrecían sus servicios en Craiglist.

De todas maneras ese patrón se quebró cuando en los meses siguientes, en la misma zona se encontraron otros cuerpos, entre ellos el de un joven y el de un niño. Fueron en total 10 personas.

A Shannan Gilbert la hallaron más de un año después de su desaparición, luego de drenar un lago que era como el patio trasero de un hombre sobre el cual se tenían sospechas: Peter Hackett. Este médico se había comunicado con la madre de Shannan el día de su desaparición, manifestándole su preocupación por el estado de la joven. Además la localización de su cuerpo, tan cerca de su casa, lo hizo aún más sospechoso. Luego fue desestimado en la causa, según la Policía porque las sospechas contra él eran inconsistentes, su coartada el día de la desaparición fue atendible y porque el principal denunciante en su contra tenía un problema personal con él por un asunto inmobiliario.

Hubo otros sospechosos (que la película no incluye), pero todos ellos fueron descartados.

En cuanto a Mari Gilbert, siguió con su lucha para obtener justicia por su hija y las otras chicas hasta el día de su muerte, el 23 de julio de 2016. Así como Shannan tenía un trastorno de bipolaridad, la menor de sus hijas, Sarra tenía esquizofrenia. Ella fue quien asesinó a su madre en medio de un episodio psicótico, por falta de medicación.

El título de la película, “Chicas perdidas” (una de las pocas veces que se respeta el original) sintetiza la esencia de la obra. Estas jóvenes no sólo desaparecieron, se perdieron, sino que estaban perdidas, alejadas, por su modo de vida, de una sociedad que no las comprendió ni siquiera en su muerte. De allí la importancia de su denuncia.

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