Una guerra contra la vida

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina) y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

La guerra mata.

Día tras día vamos recibiendo informaciones e imágenes que llegan desde Ucrania. Testimonios desgarradores que conmueven las entrañas. Falta de respeto a la vida. Llevamos casi dos meses de destrucción y muerte, y no debemos dejar que se nos haga costumbre y terminemos naturalizando la barbarie. Una cámara de televisión hace un paneo. Refleja destrucción y signos de muerte en una calle de la ciudad bombardeada. Pero te invito a “detener la cámara”, enfocar sólo una imagen y sentir una historia concreta en ella.

Un edificio derrumbado por la mitad. Entremos con cuidado en la parte que quedó en pie y está en riesgo de venirse abajo en cualquier momento. Nos paramos ante una mesa cubierta de escombros que fue testigo de encuentros familiares, celebraciones de cumpleaños, confidencias, silencios. Una heladera destruida, platos y vasos hechos añicos.

Familias divididas en diversos lugares. Unos, refugiados en un país vecino;  otros, en casa de alguien que vive en otra ciudad. Muchos, sin saber dónde estarán y si seguirán con vida.

Una bicicleta rota abandonada en la vereda. Tal vez quien la dejó allí pensó que no conseguiría cómo y dónde repararla, o ya no la necesitará para ir al trabajo. Calles destruidas en las cuales no circulan los colectivos ni los autos particulares. Una valija semiabierta con la ropa desparramada de alguien que quiso escapar y le salió al paso la muerte de una bomba. Escuelas vacías, sin recreos, sin juegos, sin aprendizajes, sin encuentros. Hambre, frío. Lágrimas en los ojos y llanto desolador. La violencia que se instala cual soberana despótica. Hace unos cuantos años se cantaba sobre la guerra: “es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente…”. Una oración elevada a Dios desde el sufrimiento, la denuncia, la protesta.

Es necesario seguir rezando con fervor. Hacer rezar a los niños y enfermos. También deberíamos fijar la mirada en otra gente, la que hace negocio con la guerra y la muerte. Aprovechan para vender desde armas hasta medicinas o comida. Por supuesto, todo más caro. Se aplica sin pudor la ley de la selva en la que impera la fuerza bruta y la sagacidad escondida.

Necesitamos profetas de la paz; que denuncien con valentía la barbarie y los negociados y anuncien la posibilidad de otros caminos para la solución de los conflictos. Testigos y modelos de vida. Hace falta que se jueguen los arquitectos y los artesanos de la paz.

En este conflicto hay otros actores que no aparecen en primer plano; que tiran la piedra y esconden la mano. Así podemos calificar las intervenciones indebidas de la OTAN en los últimos años, que han querido apagar el fuego con nafta.

Y cómo no mencionar la inoperancia de Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Debe haber un contundente rechazo a la utilización de armas nucleares. Sigamos pidiendo a Dios que la guerra no nos sea indiferente

Como la vida sigue, esta semana celebramos un cumpleaños de 15: recordamos con alegría, reconocimiento y mucha emoción el inicio de la V Conferencia de los obispos de América latina y el Caribe en la ciudad de Aparecida, Brasil. No cualquier ciudad: casa de la Madre de Aparecida, patrona de su país, que venera con tanto amor el pueblo brasileño. Aquella reunión que dio tantos frutos se extendió desde el 13 hasta el 31 de mayo. Pude prestar servicio allí y ser testigo de la maravilla del pueblo de Dios junto a sus obispos en discernimiento, oración y fraternidad.

Pongamos en valor el enorme mensaje que nos entregaron esos días de intenso trabajo a la luz del Espíritu Santo.

Sigamos en el camino de la fe siendo discípulos misioneros.

 Inspirémonos en las palabras del Papa emérito Benedicto XVI en su discurso inaugural: “Sólo la verdad unifica y su prueba es el amor”.

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