Una luz que nos sostiene
Mons. Jorge Eduardo Lozano. Domingo 1 de marzo del 2026. Los tiempos difíciles solemos representarlos con la oscuridad, una imagen
que nos dice mucho. Hay momentos en que todo parece confuso, pesado y el horizonte se nubla. Nos cuesta encontrar sentido a lo que hacemos y sucede. En esas circunstancias es importante acudir a la memoria de las experiencias luminosas.
Este segundo domingo del camino Cuaresmal nos invita a detenernos y contemplar el misterio de la luz en medio de la oscuridad. Es un tiempo de búsqueda, de senderos que a veces parecen sombríos, de preguntas profundas y desafíos personales y comunitarios. Pero en este recorrido, el Evangelio nos regala una escena muy especial: la transfiguración de Jesús en el monte. Es una experiencia que nos revela el valor de la luz que nos sostiene cuando todo pareciera entrar en penumbras.
El relato evangélico (Mateo 17, 1-9) nos cuenta que Jesús llevó a Pedro, Santiago y Juan a un monte elevado. Allí, ante ellos, su rostro resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Es un momento de profunda revelación: los discípulos ven a Jesús en su gloria, acompañado por Moisés y Elías, figuras centrales de la historia de Israel. En medio de esa experiencia, una voz desde la nube dice: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.
Los tres discípulos quedan profundamente impactados. Pedro, impulsivo como siempre, quiere quedarse allí, perpetuar ese instante luminoso, pero la experiencia no dura mucho. Pronto, se ven envueltos en temor y confusión, hasta que Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levántense, no tengan miedo”. En ese gesto, se revela la ternura y el sostén de Jesús en los
momentos de mayor incertidumbre.
Ellos representan nuestra propia búsqueda. Pedro, Santiago y Juan suben al monte junto a Jesús, seguramente arrastrando sus dudas y preocupaciones.
Allí, en la altura, ¡se les revela la divinidad de Jesús! Se les muestra que hay algo más allá de lo visible y cotidiano. Esa luz transforma sus miedos en esperanza. Estos tres son los que verán a este Jesús (ahora luminoso) abatido y sudando gotas de sangre antes de la pasión, rezando en el monte de los olivos (Mateo 26, 37-39). A veces necesitamos subir a nuestro propio
“monte” para descubrir una perspectiva nueva y renovadora.
La transfiguración no ocurre en soledad; Jesús la comparte con sus amigos. Esto nos invita a descubrir la importancia de sostenernos unos a otros en las pruebas. La fe se fortalece cuando es acompañada y compartida. En comunidad, podemos ser reflejo de la luz de Cristo para quienes están pasando por momentos oscuros. Nos necesitamos mutuamente para salir
del miedo y caminar con esperanza.
La voz del Padre resuena en el corazón del Evangelio: escuchar a Jesús es clave para encontrar sentido, fuerza y dirección. Muchas veces escuchamos voces que nos desalientan, que nos hacen dudar de nuestro valor o de la posibilidad de cambiar.
La transfiguración no es solo un momento extraordinario; al final, los discípulos deben bajar del monte. Es decir, volver a la vida diaria, a los desafíos, a las rutinas. Pero bajan transformados, con la experiencia de la luz grabada en el corazón. Así también nosotros: estamos llamados a llevar esa luz, ese sostén, a nuestra vida cotidiana, a nuestros vínculos, trabajos y
dificultades. La espiritualidad se hace concreta cuando ilumina y sostiene nuestra existencia cotidiana.
En este segundo domingo de Cuaresma, se nos invita a ser luz para otros, a sostenernos mutuamente, a escuchar a Jesús y a no temer. Que cada uno de nosotros pueda decir: “Señor, me apoyo en tu luz” y que nos impulse a levantarnos y acompañar a quienes lo necesitan. Que, al bajar del monte, llevemos en el corazón la certeza de la luz de Cristo que nos sostiene y nos
invita a ser esperanza para la comunidad.